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MANEJO DE LA INSUFICIENCIA RENAL
AVANZADA.
ACTITUDES FRENTE A LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL Y OTROS FACTORES DE
RIESGO CARDIOVASCULAR.
CONSENSOS EN INSUFICIENCIA RENAL
Sociedad Española de
Diálisis y Trasplante
Fundación Española de Diálisis
Carlos Gómez-Alamillo por el Comité de Expertos sobre Insuficiencia
Renal. Patrocinado por la Sociedad Española de Diálisis
y Trasplante y Fundación Española de Diálisis.
Panel de Expertos:
Carlos Gómez-Alamillo. Hospital San
Millán, Logroño.
Enric Andrés Ribes, Fundación Puigvert, Barcelona.
Juan José Belvis Mompel, Hospital Obispo Polanco, Teruel.
Jordi Calls Ginesta, Hospital Manacor, Manacor.
Alfonso Pérez García, Hospital General de Valencia. Valencia.
Antonio Liébana Cañada, Hospital Ciudad de Jaén,
Jaen.
Ramón Pascual Turón, Clínica Girona, Girona.
Andrés Purroy Unanua, Clínica Universitaria de Navarra,
Pamplona.
Xavier Sarrias i Lokenz, Hospital Gral. S Cugat del Vallés, Barcelona.
Fernando Vidaur Otegui, Hospital Nta Sra Aranzazu, San Sebastián.
Coordinador General:
Juan M. Mauri Nicolas. Hospital Universitario Dr. Josep Trueta. Girona
Autor para Correspondencia
Carlos Gómez Alamillo
Sección de Nefrología
Hospital San Millán
Autonomía de la Rioja 3
26003 Logroño
cgalamillo@hsm.seris.es
RESUMEN
La enfermedad renal crónica (ERC) reúne requisitos suficientes
para ser considerada hoy día como una entidad de gran impacto sociosanitario.
Su prevalencia está aumentando considerablemente (1) y la enfermedad
cardiovascular lidera las causas de morbimortalidad en este grupo de pacientes,
muy por encima de la población general (2) (Fig
1). Siempre se ha considerado a la ERC como situación terminal
o preterminal y la mayoría de los Registros y estudios epidemiológicos
se han limitado a estudiar la insuficiencia renal crónica terminal
(IRCT) (3). En los últimos años se ha analizado la enfermedad
renal en sus fases más iniciales y se ha comprobado que se acompaña
también de mayor morbimortalidad cardiovascular (4, 5), por lo
que hoy día se establece que la ERC debe ser diagnosticada y tratada
adecuadamente para disminuir la frecuencia y gravedad de los episodios
cardiovasculares que la acompañan.
La Sociedad Española de Diálisis y Trasplante (SEDYT) y
la Fundación Española de Diálisis (FED) sensibles
a todos los aspectos de la ERC, ha auspiciado una reunión de expertos
para tratar los distintos tópicos de la ERC y establecer los correspondientes
Consensos. Nuestro grupo fue asignado a tratar el manejo de la insuficiencia
renal avanzada y valorar las actitudes a tomar frente a la hipertensión
arterial (HTA) y otros factores de riesgo cardiovascular (FRCV) en esta
población.
Palabras clave: Riesgo cardiovascular. Enfermedad renal crónica.
1. CONSIDERACIONES PREVIAS
Las cuestiones que se plantearon y discutieron en la Reunión de
Expertos fueron las siguientes: 1) ¿Puede definirse un control
óptimo de la HTA? 2) ¿En qué casos puede resultar
asumible un control subóptimo? 3); ¿Qué valores definirían
a este control subóptimo? 4) ¿En qué medida el grado
de insuficiencia renal crónica (IRC) debe condicionar la elección
del fármaco antihipertensivo? 5) ¿Es aconsejable insistir
en el uso precoz de diuréticos? 6) ¿Ofrece la insuficiencuia
cardiaca congestiva (ICC) en el paciente con IRC aspectos peculiares que
comporten matices terapéuticos importantes? 7) ¿Ofrece la
cardiopatía isquémica (CI) aspectos peculiares en el paciente
con IRC? En caso afirmativo, ¿cuáles serían los aspectos
terapéuticos diferenciales más importantes? y 8) Objetivos
terapéuticos en la dislipidemia de la IRC.
1.1 REVISIÓN SISTEMÁTICA
Y MEDICINA BASADA EN LA EVIDENCIA.
Antes de iniciar la elaboración del Consenso, era importante elaborar
la metodología de trabajo para su desarrollo y así, previamente
se tenía que determinar la sistemática del análisis
a seguir, que sería siguiendo las directrices de la revisión
sistemática según las normas de la Medicina Basada en la
Evidencia. (Figura
2). Según esta sistemática, las normas de actuación
en las que se basan las guías clínicas son catalogadas según
el grado de fuerza de la evidencia en: A) Recomendación sólida
con fuerte evidencia, basado en ensayos aleatorizados y controlados, ya
aislados o en conjunto (metaanálisis), equivalente a grado de evidencia
S; B) Recomendación con moderada evidencia, normalmente basado
en estudios de cohortes y casos-controles, equivalente a grado de evidencia
C o R y C) Recomendación considerada con evidencia débil,
basado en estudios de cohortes y casos-controles de calidad limitada o
en opiniones de expertos y equivalente a grado de evidencia O. En estas
normas de actuación seguiremos el grado de fuerza (A, B o C) (Tabla
1) (6-9).
CONSENSO 1
En estas normas de actuación
vamos a seguir la clasificación de la evidencia basándonos
en el grado de fuerza de la evidencia: A) Recomendación sólida
con fuerte evidencia. B) Recomendación con moderada evidencia.
C) Recomendación con evidencia débil.
1.2 DEFINICIÓN Y CATEGORIZACION DE LA INSUFICIENCIA RENAL
El siguiente paso a seguir es la definición de la ERC y su categorización.
Según las Guías de actuación de la National Kidney
Foundation. Kidney Disease Outcome Quality Initiative (NFK/KDOQI) (10),
la ERC se define según dos criterios: 1) cuando existe daño
renal por un periodo de tiempo igual o superior a 3 meses, considerando
el daño renal como anomalías estructurales o funcionales,
acompañadas o no de descenso del filtrado glomerular (FG) y que
vienen manifestadas por anomalías patológicas (por biopsia
renal) o por marcadores de daño renal, como son anomalías
en la composición de los test de función renal en sangre
u orina, o bien anomalías en los test de imagen (ecografía,
urografía o arteriografía) o 2) FG menor de 60 mL/min/1,73
m2 por un periodo igual o superior a 3 meses, con o sin daño renal
según el criterio 1). Cuando el FG es < 60 mL/min/1,73 m2 por
3 o más meses, se considera insuficiencia renal crónica
(IRC). La categorización en estadíos de ERC, siguiendo las
normas KDOQI viene reflejada en la tabla
2. (Fuerza de evidencia C). Se ha de valorar la edad del paciente
a la hora de considerar este límite de FG, y así, se calcula
que el FG disminuye de un valor medio de 140 mL/min a la edad de 30 años
hasta 90 mL/min a la edad de 80 años, lo que supone una disminución
de 0.8 mL/min/1,73 m2/año (11). Esto debe ser tenido en cuenta
para el estadío 2 en el que el límite del FG puede verse
influido por la edad; para el resto de los estadíos sería
vigente la clasificación según las cifras expuestas de FG.
Considerando el hecho de que exista HTA o no, puede distinguirse la presencia
o no de enfermedad renal, según se refleja en la tabla
3.
Hemos hablado del FG y se ha de establecer el método de medida.
Para Atención Primaria y en el despistaje de la ERC, se usará
la fórmula número 7, establecida en el estudio MDRD (1,
12) y que es la siguiente, con una fuerza de evidencia A:
FG = 170xCrp-0.999 x Edad-0.176 x 0.762 (si el paciente es mujer) x
1,180 (si el paciente es negro) x BUN [concentración sérica
de nitrógeno ureico (BUN = urea x 2,14)] x Albúmina+0.318
El cálculo del FG con esta fórmula se puede realizar directamente
introduciendo los datos, en la dirección: http://www.kidney.org/professionals/kdoqi/gfr_page.cfm
Para la Consulta de Nefrología, el FG será medido por el
aclaramiento de creatinina corregido por superficie corporal, con orina
de 24 horas, dirigido además a cuantificar la proteinuria de 24
horas. (fuerza de evidencia A). No obstante, para su uso rutinario en
las revisiones programadas, se debe plantear también la fórmula
7 del MDRD (fuerza de evidencia B).
La analítica mínima a realizar en un paciente con ERC viene
expresada en la tabla
4. La periodicidad no está establecida y dependerá de
la situación clínica, debiendo ser más frecuente
con un FG menor de 60 mL/min/1,73m2 (insuficiencia renal), una disminución
rápida del FG, establecida en una caída del FG = 4 mL/min/1,73m2,
presencia de factores de riesgo de progresión o exposición
a factores de riesgo para una disminución aguda del FG. En la tabla
5 se enumeran los factores de riesgo más frecuentes para el
deterioro del FG.
CONSENSO 2
I. Se define la ERC según
dos criterios: 1) cuando existe daño renal por un periodo de tiempo
= 3 meses, considerando el daño renal como anomalías estructurales
o funcionales, acompañadas o no de descenso del filtrado glomerular
(FG) y que vienen manifestadas por anomalías patológicas
(por biopsia renal) o por marcadores de daño renal, como son anomalías
en la composición de los test de función renal en sangre
u orina, o bien anomalías en los test de imagen (ecografía,
urografía o arteriografía) o 2) FG < 60 mL/min/1,73 m2
por = 3 meses, con o sin daño renal según el criterio 1).
Cuando el FG es < 60 mL/min/1,73 m2 por = 3 meses, se considera IRC.
(C)
II. Se debe tener en consideración la edad del paciente a la hora
de definir el descenso del FG teniendo en cuenta que el FG disminuye 0.8
mL/min/1,73 m2/año. (A)
III. En Atención Primaria, el FG se medirá según
la fórmula 7 del MDRD, que servirá para clasificar el grado
de IR. Para ello se debe recoger la edad, sexo y raza del paciente, así
como determinar la albúmina plasmática. (A)
IV. Para la Consulta de Nefrología, el FG será medido por
el aclaramiento de creatinina corregido por superficie corporal, con orina
de 24 horas, dirigido además a cuantificar la proteinuria de 24
horas. (A). No obstante, en las revisiones programadas y sin un cambio
en la evolución clínica o analítica previsible, se
debe introducir la medida del FG mediante la fórmula 7 del MDRD
(A).
1.3 PROTEINURIA
Como preámbulo, se considera proteinuria cuando se miden todas
las proteínas que se excretan por la orina, y albuminuria cuando
se mide específicamente la albumina en orina. La microalbuminuria
se refiere a la excreción de albúmina por encima del rango
considerado normal, pero por debajo del nivel de detección de las
proteínas totales.
Se considera a la albuminuria como predictor de daño renal y en
este sentido es el marcador más precoz y sensible de enfermedad
renal. Se le asocia a mal pronóstico en la diabetes (13) y HTA
(14) y es considerada como un factor de riesgo cardiovascular (15, 16)
(Fuerza de evidencia A). Su prevalencia en la población general
ha sido analizada en el estudio NHANES III (17), y es de 6,1% en hombres
y 9,7% en mujeres, 28,8% en la DM, 16% en la HTA y 5,1% en sujetos sin
patología previa.
Existen no obstante muchas controversias sobre el método de medida
y los valores de referencia normales (18, 19), por lo que la NFK/KDOQI
ha dispuesto recientemente un nuevo posicionamiento (20). Nada se ha establecido
acerca de la variación de la albuminuria en presencia de obesidad,
pues es conocido que ésta aumenta (21), si bien, y habiéndose
descrito la nefropatía debido a obesidad (22), su valor por encima
del definido normal, debe seguir considerándose patológico
y por tanto indicador de enfermedad renal.
En la tabla
6 se reflejan los valores normales de microalbuminuria según
la expresión utilizada (Fuerza de Evidencia B) y en la Tabla
7, la definición de microalbuminuria y proteinuria según
las KDOQI (10). Hay que indicar que con relación a un trabajo de
Warran y cols, en el que se considera el género para determinar
los valores normales de microalbuminuria, se consideran niveles normales
del cociente Albúmina/Creatinina para hombres de < 17 mg/g y
para mujeres de < 25 mg/g, (23), si bien es un trabajo aislado y por
lo tanto con una Fuerza de Evidencia C. Aunque la fuerza de evidencia
que pone en relación la microalbuminuria con la progresión
de la IR y un mayor riesgo cardiovascular es alta, como ya se ha comentado,
los valores del límite inferior de la microalbuminuria no son uniformes,
por lo que los valores de referencia expresados en las tablas
6 y 7, deben ser considerados de evidencia menor (Fuerza de Evidencia
B o C) (19). La orina para la determinación de microalbuminuria,
será recogida de la primera micción de la mañana,
debiendo confirmarse, si es positiva, con otras dos o tres determinaciones
en semanas distintas. Hay que tener en consideración situaciones
en las cuales la determinación de microalbuminuria pude verse alterada.
En la tabla
8 se resumen estas situaciones.
CONSENSO 3
I. Se considera proteinuria cuando se miden todas las proteínas
que se excretan por la orina, y albuminuria cuando se mide específicamente
la albumina en orina. La microalbuminuria se refiere a la excreción
de albúmina por encima del rango considerado normal, pero por debajo
del nivel de detección de las proteínas totales (A).
II. La microalbuminuria se considera como FRCV (A).
III. Los valores de referencia se expresan en las tablas
4 y 5 (B).
IV. Si se tiene en cuenta el género, el cociente Albúmina/Creatinina
normal para hombres es de < 17 mg/g y para mujeres de < 25 mg/g
(C).
V. La microalbúminuria se debe determinar en una muestra de orina
aislada de primera micción de la mañana, Asimismo, debe
de confirmarse con 2 ó mas tests separados por un intervalo de
1 ó 2 semanas. y en cada una de las muestras, determinar la creatinina
en orina para calcular el cociente albúmina/creatinina que es el
que más fielmente refleja la microalbuminuria, al obviarse el estado
de hidratación (A).
VI. Para considerarse la microalbuminuria patológica, debe descartarse
el ejercicio fuerte, la infección urinaria y la fiebre como situaciones
en las cuales puede existir una eliminación urinaria aumentada
de albúmina, sin valor predictivo (A).
VII. Para Atención Primaria, una vez considerada la microalbuminuria
patológica, debe ser valorada en el contexto del paciente y considerar
el diagnóstico de ERC y actuar en consecuencia, iniciando el diagnóstico
de la causa etiológica y/o derivando al paciente al especialista
de Nefrología (A).
2. FACTORES DE RIESGO CARDIOVASCULAR
Una vez situados en el problema, debemos recalcar que ante un paciente
con ERC en el estadío que sea, éste debe ser considerado
de elevado riesgo de padecer un episodio cardiovascular y que la enfermedad
es progresiva y pasar a controlar los factores de riego cardiovascular
presentes en ese paciente bajo el prisma de ser portador de una ERC (2).
En 1997 la NKF encargó a un Comité de Expertos el estudio
de la aplicación de las estrategias para la prevención y
tratamiento de la enfermedad cardiovascular, elaboradas para la población
general, a sujetos con ERC, cuyas conclusiones fueron publicadas en 1998,
(4). De este estudio, se elaboraron unas recomendaciones clínicas,
que partían de la premisa de que el paciente con ERC debe ser considerado
en el grupo de riesgo cardiovascular más alto, a la hora de aplicar
las medidas terapéuticas encaminadas a controlar los FRCV. Este
Comité de Expertos considera, dentro de la población a estudio,
a los pacientes con IRC como a aquellos con más de 1,4 mg/dL de
creatinina plasmática, además de los pacientes con IRCT
en Hemodiálisis o diálisis peritoneal y los trasplantados
renales.
En la IRC, se dan los FRCV considerados clásicos para la población
general (Fuerza de Evidencia A), pero además, existen una serie
de alteraciones intrínsecas, que se manifiestan y agravan según
la gravedad de la IRC, algunas de las cuales, tras estudios controlados,
se deben considerar con Fuerza de Evidencia A, como es el caso de la anemia
y de la hipertrofia ventricular izquierda (HVI) (5) (Tabla
9). Es pues necesario tener en cuenta estos dos procesos, íntimamente
ligados y planearse un plan de prevención adecuado (Fig
3) (5).
2.1 PREAMBULO. ENFERMEDAD CARDIACA
E IRC
En una revisión publicada recientemente por nosotros en la Revista
SEDYT, (24), revisamos el impacto de los FRCV clásicos y los ligados
a la IRC y la diálisis. En esta revisión, concluíamos
que hoy día se debe pensar de una manera global a la hora de entender
los mecanismos fisiopatológicos de la IRC y su elevada morbimortalidad
cardiovascular.
Los episodios cardiovasculares evaluables (mortales o no mortales), modificados
del Health Care Financing Administration ESRD Death Notification Form
(25), son: Infarto agudo de miocardio, Muerte súbita de causa desconocida,
Cardiopatía arteriosclerótica, Arritmia cardíaca
(episódica o permanente), Miocardiopatía, Edema agudo de
pulmón, Enfermedad valvular, Accidente cerebrovascular isquémico,
Accidente cerebrovascular hemorrágico y Enfermedad arterial periférica.
CONSENSO 4
I. El paciente con ERC debe ser considerado en el grupo de riesgo cardiovascular
más alto, a la hora de aplicar las medidas terapéuticas
encaminadas a controlar los FRCV (A).
II. En la IRC, se dan los FRCV considerados clásicos para la población
general, pero además, existen una serie de alteraciones intrínsecas,
que se manifiestan y agravan según la gravedad de la IRC, como
es el caso de la anemia y de la hipertrofia ventricular izquierda (A).
III. Se deben considerar como episodios cardiovasculares en la ERC el
infarto agudo de miocardio, la muerte súbita de causa desconocida,
la cardiopatía arteriosclerótica, la arritmia cardíaca,
la miocardiopatía, el edema agudo de pulmón, la enfermedad
valvular, el accidente cerebrovascular isquémico y el hemorrágico
y la enfermedad arterial periférica (A).
3. HTA.- ¿PUEDE DEFINIRSE UN CONTROL ÓPTIMO DE LA HIPERTENSIÓN
ARTERIAL (HTA)?. ¿EN QUÉ CASOS PUEDE RESULTAR ASUMIBLE UN
CONTROL SUBÓPTIMO Y QUÉ VALORES DEFINIRÍAN A ESTE
CONTROL SUBÓPTIMO?. ¿EN QUÉ MEDIDA EL GRADO DE IRC
DEBE CONDICIONAR LA ELECCIÓN DEL FÁRMACO ANTIHIPERTENSIVO?.
La HTA es un factor de riesgo para el desarrollo de ERC y en la ERC, la
presencia de HTA es causa de un deterioro más rápido de
la misma (26, 27). En la ERC, por lo tanto se debe extremar el cuidado
para que el tratamiento de la HTA llegue a todos los pacientes y el control
logrado sea el óptimo.
Para elaborar estos Consensos, se han revisado las Guías K-DOQI
sobre ERC (28) y los últimos Consensos sobre HTA de la Sociedad
Española de Hipertensión-Liga Española para la Lucha
contra la Hipertensión Arterial (SEH-LELHA) (29), Guía para
el Tratamiento de la Hipertensión Arterial de la Sociedad Española
de Cardiología (SEC) (30) y Guías de la Sociedad Europea
de HTA y Sociedad Europea de Cardiología para el manejo de la HTA
(31), las Guías de la Asociación Americana de Diabetes (ADA)
(32), el 7º Informe del Joint National Committee americano sobre
Prevención, Detección, Evaluación y Tratamiento de
la Hipertensión Arterial (JNC 7) (33) (Tabla
9), y el borrador de las Guías K-DOQI sobre el manejo de la
HTA en la ERC (34). En la tabla
10 se refleja el comparativo entre las Guías del JNC7, las
Guías de la ADA y el Borrador de las Guías K-DOQI. El JNC
7 recomienda una presión arterial (PA) <130/80 mmHg en aquellos
sujetos con afectación renal o diabetes. En caso de proteinuria
= 1 g/24 horas, el objetivo de PA debe ser más bajo, de 125/75
mmHg (28, 35). En este sentido, el estudio HOT demuestra que la más
baja incidencia de episodios cardiovasculares se evidenció con
una media de PA diastólica de 82,6 mm Hg y el riesgo más
bajo de mortalidad cardiovascular ocurrió con una media de PA sistólica
de 86,5 mm Hg. Reducciones mayores de la PA diastólica se mostraron
seguras (36). No obstante, hay pocos estudios en los que se analice el
control de PA y la modificación del riesgo cardiovascular en sujetos
con IRC.
Dada la diferencia existente en cuanto a evolución, riesgo cardiovascular
y pronóstico, debe hacerse una distinción entre sujetos
con ERC diabéticos y no diabéticos.
En enfermedad renal no diabética, el estudio MDRD analiza dos grupos
de pacientes, uno con el objetivo de controlar la PA a <140/90 mmHg
y otro a <125/75 mmHg, comprobando que en este último grupo,
los pacientes con más proteinuria presentan el mayor efecto beneficioso,
por lo que se recomienda este nivel de PA para aquellos pacientes con
una proteinuria de ³ 1 gr/día (37, 38). El estudio del Grupo
GISEN sobre el uso de ramipril en pacientes proteinúricos con nefropatía
no diabética, demuestra que este fármaco pude reducir la
progresión de la IRC (39). El Estudio AIPRI analiza el uso de IECA
en pacientes con IRC con un objetivo de PA diastólica <90 mmHg,
observando beneficio en aquellos sujetos con IRC de origen glomerular
y proteinuria > 1g/día) (40). El estudio REIN encuentra similares
resultados al controlar la PA diastólica < 90 mmHg con Ramipril
a sujetos con nefropatías cónicas proteinúricas (41).
Nakao y cols., en el Estudio COOPERATE, analizan el uso de IECA y ARAII
en sujetos con IRC no diabética, demostrando el enlentecimiento
de la IRC (42).
En cuanto a la diabetes, el estudio HOT (36) demuestra que los pacientes
diabéticos en los que se logra, tras el tratamiento, una PA diastólica
<80 mmHg, presentan menor mortalidad y menos episodios cardiovasculares.
El estudio UKPDS ha evidenciado que un mejor control de la PA, se asocia
con una disminución en el desarrollo de microalbuminuria (43).
Hace pocos años, se han publicado simultáneamente el estudio
IDNT y el RENAAL; en ambos estudios, dirigidos a pacientes con diabetes
tipo 2, se demuestra que con irbersartán (44) y losartan (45),
se obtiene una reducción o enlentecimiento en la progresión
de la insuficiencia renal, pero no en la mortalidad cardiovascular, en
relación a placebo y otros antihipertensivos, siendo este efecto
dependiente del fármaco e independiente de la reducción
de la PA lograda. En la tabla
11 se resumen las recomendaciones para el manejo de la HTA en la nefropatias
diabética y no diabética y en la tabla
12 los niveles de PA adecuados para tratar de enlentecer la progresión
de la ERC en nefropatía diabética y no diabética,
sin haberse podido establecer con suficiente evidencia en la nefropatía
crónica del injerto.
Hoy día, hay que tener en cuenta la reducción de la presión
de pulso para disminuir el riesgo cardiovascular, si bien no existe en
la literatura una demostración de disminución de daño
renal o enlentecimiento de la progresión de la ERC en relación
a la disminución en la PP. El nivel de presión de pulso
que se considera óptimo es de < 65 mmHg (46).
Con el uso de IECAs y ARA II se debe vigilar la función renal cuando
la creatinina plasmática es > 3 mg/dL, pues es frecuente un
deterioro inicial del FG en los primeros tres meses de tratamiento. Si
el aumento de la creatinina es > 1 mg/dL o más de un 20-30%
por encima del valor basal, se debe monitorizar estrechamente el FG y
el potasio sérico y considerar suspender el tratamiento; si el
deterioro del FG no llega a mas de 30%, debe continuarse con el tratamiento
(47). En la Tabla
13, se indican el seguimiento analítico y su periodicidad para
las circunstancias mencionadas. La tabla
14 muestra la PA recomendada según la población diana
y el fármaco más idóneo a utilizar. La figura
4 muestra el diagrama de flujo para el manejo de la HTA y uso de antihipertensivos
en la HTA en presencia de ERC.
CONSENSO 5
I. La HTA es un factor de riesgo para
el desarrollo de ERC y en la ERC, la presencia de HTA es causa de un deterioro
más rápido de la ERC (A). El objetivo general en presencia
de ERC es mantener una PA < 130/80 mmHg.
II. En caso de proteinuria ³ 1 g/24 horas y en la nefropatía
diabética, el objetivo de PA debe ser más bajo, de 125/75-80
mmHg. (B).
III. El uso de IECAS y ARAII ha demostrado reducir la morbimortalidad
cardiovascular y la progresión de la insuficiencia renal en casos
de nefropatía diabética y casos de afectación renal
con proteinuria > 1 gr/24 horas, independientemente de su acción
antihipertensiva (A).
4) ¿ES
ACONSEJABLE INSISTIR EN EL USO PRECOZ DE DIURÉTICOS?.
Existe muy poca literatura al respecto y ningún estudio aleatorizado
que valore el uso de diuréticos, en relación a la disminución
de la progresión de la IRC y riesgo cardiovascular. Así
pues las normas que se indican son derivadas de evidencia no clara e indirecta
y por tanto están basadas en opinión (Fuerza de Evidencia
C).
El uso de diuréticos en el manejo de la IRC presenta pros y contras.
Los diuréticos reducen la hipervolemia, favoreciendo el control
de la HTA y el manejo de la HVI e ICC y contribuyen al mantenimiento de
la función renal residual. Por el contrario, su uso conlleva un
riesgo de deplección y empeoramiento de la función renal.
Es por tanto necesario entender su mecanismo de acción y farmacocinética
en presencia de IRC.
En la IRC, existe una reducción en el nivel de reabsorción
proximal de Na+ y un aumento en la reabsorción más distal
de Na+, que se suma a una menor carga filtrada de Na+ y agua, lo que supone
una menor posibilidad natriurética y de excreción de agua
del diurético. La IRC conlleva un exceso de volumen circulante
de 10 a 30% aun en ausencia de edemas (48).
Los diuréticos tiazídicos, usados solos, son inefectivos
para aclaramientos de creatinina < 35 mL/min. Se recomienda pues el
uso de diuréticos de asa en dosis escalonadas y superando la dosis
normal recomendada. El 50% de la dosis de furosemida es metabolizada en
el riñón y el resto es eliminado como diurético activo.
Por el contrario, la torasemida y la bumetanida se metabolizan en el hígado,
por lo que la biodisponibilidad y duración de acción son
mayores para estos dos últimos, y en concreto la duración
de acción de la torasemida es 6 veces la de la furosemida y bumetanida,
aunque no se ha podido demostrar que esto signifique una mayor excreción
de Na+ y agua, ya que la eliminación de furosemida está
retardada en la IRC y esto contrarresta la menor biodisponibilidad del
diurético activo. El aumento de uratos, aniones orgánicos
y la acidosis metabólica crean una situación de resistencia
al diurético, alterando su secreción tubular e impidiendo
por tanto que alcance la luz tubular para ejercer su acción.
El uso de diuréticos de asa en la IRC se encamina a disminuir el
edema, controlar la HTA y corregir la acidosis metabólica e hiperkaliemia.
La presencia de insuficiencia cardiaca congestiva (ICC) es otra clara
indicación del uso de diurético en la IRC. En la tabla
15 se presentan las dosis tope de los tres diuréticos de asa
disponibles, entendiendo como dosis tope aquella con la que se logra un
máximo en la excreción fraccionada de Na+ (49, 50). En el
caso de la furosemida, el superar la dosis tope conlleva mayor riesgo
de ototoxicidad, sin mayores beneficios. Es de destacar que no se ha demostrado
que el uso de dopamina asociado a furosemida logre un mayor efecto diurético,
al menos en la ICC (51). En la tabla
16 se reflejan algunos mecanismos que pueden reducir la eficacia de
los diuréticos, y como prevenirlos.
Por último, el uso de diuréticos ahorradores de K+ debe
limitarse, dado el riesgo de hiperpotasemia. La dosis de espironolactona
debe de ajustarse en el tiempo, a una dosis cada 24 horas para FG entre
10 y 50 mL/min y sin combinar con otros tratamientos que potencien el
riesgo de hiperpotasemia, sobre todo IECAs y ARAII. Su uso está
contraindicado con FG < 10 mL/min. La dosis de amiloride, con un FG
de 10-50 mL/min, debe ser reducida al 50%, estando contraindicado con
FG <10 mL/min. En cuanto al triamterene, rara vez usado, debe evitarse
con FG <10 mL/min.
CONSENSO 6
I. Las indicaciones de los diuréticos en la IRC son: a) control
de la HTA, b) manejo de la HVI e ICC y c) mantenimiento de la función
renal residual (C).
II. Debe tenerse en cuenta siempre el riesgo de depleción de volumen
intravascular y empeoramiento de la función renal (C).
III. Los diuréticos indicados en la IRC son los diuréticos
de asa. Los diuréticos tiazídicos no son útiles como
monoterapia con FG <35 mL/min, por lo que siempre su uso debe ir asociado
de un diurético de asa (C).
IV. En la tabla
15 se recomiendan las dosis tope de los diuréticos de asa,
entendiendo como dosis tope aquella con la que se logra un máximo
en la excreción fraccionada de Na+ . La superación de la
dosis tope de la furosemida no aporta mas efecto diurético y conlleva
riesgo de ototoxicidad (C).
V. Debe limitarse el uso de los diuréticos ahorradores de potasio
y no asociarlos a IECAs o ARAII. Su uso está contraindicado con
FG < 10 mL/min (C).
5) ¿OFRECE LA ICC EN EL PACIENTE CON IRC ASPECTOS PECULIARES QUE
COMPORTEN MATICES TERAPÉUTICOS IMPORTANTES?.
La enfermedad cardiaca presenta una alta prevalencia en la IRC. Entre
40% y 75% de sujetos con IRC que inician diálisis, presentan enfermedad
cardiovascular (2). Parfrey y Foley estudian un grupo de pacientes con
IRC que inician diálisis y encuentran HVI en un 65%, en un 4% dilatación
del ventrículo izquerido y disfunción sistólica en
un 16% (52). Datos del Framingham Heart Study arrojan, para sujetos con
moderada IR (Crp de 1,5 a 3 mg/dL), una incidencia de episodios cardiovasculares
de un 17,9% en mujeres y 20,4% en hombres (53). El registro de enfermos
renales americano (USRDS) de 1997, contabiliza un 49% de pacientes con
insuficiencia cardiaca al comienzo de la diálisis (54). En el estudio
HDFP, el 58% de las muertes en sujetos con creatinina = 1,7 mg/dL, fue
de causa cardiovascular (55).
En la figura
5 se esquematiza la fisiopatología de la cardiomiopatía
que conduce a la ICC, bien por vía del fallo sistólico o
diastólico (56).
La HTA (57), anemia (58) y la sobrecarga de volumen (59) contribuyen a
la alta prevalencia y severidad de la ICC en la IRC. Existen no obstante,
pocos datos sobre la prevalencia de ICC en estadios precoces de la IRC.
Un estudio de Harnett (60), cifra el porcentaje de ICC presente al inicio
de diálisis en un 31%.
La ICC debe tratarse con los criterios similares a un paciente sin IRC,
según las normas de la American Herat Association (AHA) y el American
College of Cardiology (ACC) (61), con las siguientes salvedades: a) arroja
mas morbimortalidad. b) conlleva por si misma una situación de
deterioro de la función renal. c) los fármacos utilizados
(IECAs, ARAII, diuréticos) ponen en peligro la función renal.
d) deben tenerse en cuenta los factores coadyuvantes a la ICC en la IRC:
HVI, anemia, alteración del metabolismo fosfocálcico y la
sobrecarga hemodinámica que supone la creación de la fístula
arteriovenosa (FAVI).
CONSENSO 7
I. Entre 40% y 75% de sujetos con IRC
que inician diálisis presentan enfermedad cardiovascular (A), por
lo que debe actuarse desde estadíos precoces de la IRC (C).
II. La ICC debe tratarse con los criterios similares a un paciente sin
IRC, según las normas del ACC y la AHA (B), con la advertencia
de que IECAs, ARAII y diuréticos, ponen más en peligro la
función renal (B).
III. La HTA, anemia y la sobrecarga de volumen contribuyen a la alta prevalencia
y severidad de la ICC (B), sin olvidar la alteración del metabolismo
fosfocálcico (B) y la creación de una FAVI (C).
6. ¿OFRECE
LA CI ASPECTOS PECULIARES EN EL PACIENTE CON IRC?. EN CASO AFIRMATIVO,
¿CUÁLES SERÍAN LOS ASPECTOS TERAPÉUTICOS DIFERENCIALES
MAS IMPORTANTES?.
La figura
6 muestra los mecanismos fisiopatológicos de la cardiopatía
isquémica en la IRC (56). Así, la isquemia miocárdica
en la IRC puede estar causada por la enfermedad de pequeños vasos
coronarios, calcificaciones vasculares y la HVI (2, 62). La mortalidad
por infarto agudo de miocardio en pacientes con IRC terminal en diálisis
es mas de tres veces la de la población general, y el hecho de
que no toda la población con IRC llega a la fase de IRC terminal,
hace pensar que la mortalidad cardiovascular es alta en las fases más
tempranas de la IRC (2). La regla general es que la población con
IRC y cardiopatía isquémica debe ser tratada según
las normas establecidas para la población general (63-73).
En relación al uso de aspirina para la prevención o tratamiento
de la cardiopatía isquémica en la IRC, existe un mayor potencial
riesgo, por lo que no está indicada como prevención primaria,
salvo en los pacientes con IRC y diabetes, siendo la dosis recomendada
en este caso de 75 a 162 mg/día. Se debe usar siempre aspirina
con cubierta entérica y se debe limitar su uso en la presentación
aguda de la cardiopatía iquémica (325 mg/día), y
tras angioplastia/sent (ATPS) (325 mg/día) (74).
Respecto a la angiografía coronaria, estaría indicada en
la enfermedad isquémica sintomática que no responde a tratamiento
médico, ante un test de esfuerzo o ecografía con dobutamina
positivos o la presencia de isquemia silente en Holter (75). No se debe
olvidar el riesgo de nefropatía por contraste yodado (76), teniendo
la precaución de una buena hidratación y el uso de acetilcisteína
(77). El tratamiento con ATPS o bypass aortocoronario (BAC), es controvertido
en cuanto a elección de técnica, con disparidad en los resultados.
No obstante, y aunque no existen datos suficientes en la población
con IRC, ante un paciente con IRC y un síndrome coronario agudo,
se debe plantear la angiografía y la revascularización coronaria,
bien con BAC o con ATPS. La mortalidad del BAC es más elevada en
la IRC, estimada alrededor del 12%, frente al 1-3% de la población
general. No obstante, el éxito de la técnica y la mejoría
de los síntomas es similar a la de la población general.
Respecto a la supervivencia a largo plazo tras el BAC es peor que en la
población general, si bien, no distinta de la supervivencia general
de los pacientes con IRC (78, 79). En cuanto a los resultados de la ATPS
respecto a la mortalidad, son escasos y variables, entre un 0 a 14%. El
éxito inicial es similar al de la población general con
respecto a la dilatación de la lesión, cifrado en un 76-96%,
pero con una tasa de reestenosis mayor que en la población general.
Estos datos son referidos a los pacientes en diálisis, sin existir
información respecto a su uso en la IRC. No obstante, parece una
alternativa razonable en casos de enfermedad de un vaso o de múltiples
vasos con una lesión predominante (74). Existen claras diferencias
en la IRC con y sin diabetes, y en este sentido, parece que el BAC con
prótesis arterial es claramente superior en relación al
ATPS en el caso del paciente diabético (80, 81).
En la tabla
17 se indican los fármacos antihipertensivos a usar en las
distintas situaciones cardiológicas.
CONSENSO 8
I. La población con IRC y cardiopatía
isquémica debe ser tratada según las normas establecidas
para la población general. Consensos de la Sociedad Española
de Cardiología y del ACC y la AHA (A).
II. La aspirina sólo está indicada como prevención
primaria en los pacientes con IRC y diabetes (75-162 mg/día). Como
tratamiento, se debe limitar su uso en la presentación aguda de
la cardiopatía iquémica (325 mg/día), tras angioplastia/sent
(ATPS) (325 mg/día). Se debe usar siempre aspirina con cubierta
entérica. (C).
III. La angiografía coronaria, estaría indicada en la enfermedad
isquémica sintomática que no responde a tratamiento médico,
ante un test de esfuerzo o ecografía con dobutamina positivos o
la presencia de isquemia silente en el Holter (B).
IV. No se debe olvidar el riesgo de nefropatía por contraste yodado
teniendo la precaución de una buena hidratación y el uso
de acetilcisteína (A).
V. La angioplastia con stent parece una alternativa razonable en casos
de enfermedad de un vaso o de múltiples vasos con una lesión
predominante (C).
VI. En la IRC con diabetes, el bypass aortocoronario con prótesis
arterial es claramente superior a la angioplastia (A)
7. OBJETIVOS TERAPÉUTICOS EN LA DISLIPEMIA DE LA IRC.
Las alteraciones del metabolismo lipídico son frecuentes en la
IRC y presentan unas características especiales, como son un aumento
del LDL-Colesterol, triglicéridos, disminución de HDL-Colesterol
y aumento de Lp(a), siendo a destacar su alta prevalencia también
en la ERC con síndrome nefrótico, nefropatía diabética
y ERC del trasplante (82, 83). El aumento de LDL-Colesterol y la disminución
de HDL-Colesterol están asociados a mayor riesgo cardiovascular
(84). Parece ser que existe una correlación entre la severidad
de la IRC y la prevalencia de hipertrigliceridemia, VLDL-Colesterol elevado,
aumento de Lp(a) y disminución de los niveles de HDL-Colesterol
(85). Asimismo, existen estudios que sugieren que la hiperlipidemia puede
contribuir a la progresión de la IRC en la enfermedad renal, tanto
diabética como no diabética (86). El tratamiento de las
alteraciones lipídicas parece reducir el riesgo cardiovascular
de los sujetos con ERC, si bien no logra reducir los episodios isquémicos
con la misma eficacia que en los pacientes sin ERC (87), aunque aun no
tenemos los resultados finales de estudios de intervención como
el 4D (88) y el estudio CHORUS (89), para aclarar este hecho. Respecto
a la cuestión de si el tratamiento de la hiperlipidemia puede disminuir
la progresión de la ERC, existen datos experimentales de que las
estatinas, con su efecto pleiotrópico, pueden disminuir la respuesta
inflamatoria que media la progresión de la ERC, habiéndose
visto una disminución de la proteinuria en pacientes con síndrome
nefrótico (90) o glomerulonefritis membranosa (91), y aunque un
metaanálisis de pequeños estudios controlados de Fried y
cols., parece demostrar que se puede preservar el FG y disminuir la proteinuria
(92), se requieren futuros estudios prospectivos (93). En una excelente
revisión, Kasiske analiza la respuesta al tratamiento de la hiperlipidemia
en la IRC (94), valorándolo eficaz para disminuir los niveles de
Colesterol, LDL-Colesterol y triglicéridos y neutro en cambiar
los niveles de HDL-Colesterol (figura
7).
Así pues, existe suficiente evidencia respecto a las alteraciones
del metabolismo lipídico en la ERC, pero la influencia de estas
alteraciones sobre la morbimortalidad cardiovascular, la progresión
de la IRC y el efecto del tratamiento sobre estos parámetros no
pasa de una fuerza de evidencia B o C. No obstante, el hecho de considerar
a los pacientes con ERC en el grupo de sujetos con alto riesgo y teniendo
en cuenta las indicaciones del manejo de la hiperlipidemia en la población
general, parece indicado el diagnosticar y tratar este proceso en la población
con ERC.
Recientemente el panel de expertos del National Cholesterol Education
Program (NCEP), ha plasmada las últimas guías para el tratamiento
de la hipercolesterolemia, el Adult Panel III (95) y la NKF/K-DOQI ha
editado las Guías de Práctica Clínica para el Manejo
de las Dislipidemias en la IRC (96), si bien estas últimas guías
hacen referencia sobre todo a la ERC estadío 5 y las primeras lo
hacen para la población general, haciendo escueta mención
a la hiperlipidemia secundaria a la ERC y síndrome nefrótico.
Basándonos en estas Guías, y teniendo en cuenta sus diferencias
de matices (Tabla
18), seguiremos las indicaciones sobre el tratamiento de la hiperlipidemia
en la ERC.
Lo primero a considerar es que los pacientes con ERC, independiente de
su estadío, deben ser catalogados para la clasificación
y tratamiento de la hiperlipidemia como aquellos con enfermedad coronaria
o riesgo equivalente. En la tabla
19 se refleja este hecho y otras consideraciones a tener en cuenta
en relación a la hiperlipidemia en la ERC. Además debe considerarse
el hecho de otras patologías asociadas que puedan cursar o agravar
la hiperlipidemia. La tabla
20 muestra las formas más frecuentes de hiperlipidemia secundaria
que pueden darse en la ERC. La tabla
21 muestra los niveles escalonados para la catalogación del
Colesterol, LDL-Colesterol, triglicéridos y HDL-Colesterol. Dado
que el VLDL-Colesterol y la apolipoproteina B (apoB) se consideran muy
aterogénicas y que se han correlacionado estrechamente con la severidad
de la aterosclerosis coronaria (97), y que el colesterol no HDL, calculado
como el Colesterol total - HDL-Colesterol, se correlaciona con las VLDL
y la apoB y con la mortalidad coronaria (98), debe calcularse este parámetro
en sujetos con triglicéridos entre 200 a 499 mg/dL. Ante unos triglicéridos
altos (de 200 a 499 mg/dL), se ha de establecer el Colesterol no HDL como
un segundo objetivo a la hora de planificar el tratamiento, estimándose
unos niveles razonables los de 30 mg/dL más alto que el LDL-Colesterol,
es decir < 130 mg/dL.
Tanto para la prevención primaria, como en el tratamiento de la
hiperlipidemia, el cambio del estilo de vida juega un papel decisivo,
y se debe insistir en su aplicación. La tabla
22, resume las recomendaciones dietéticas, de ejercicio y hábitos
recomendados para todo sujeto con ERC y dislipidemia, que se pueden resumir
en reducción de grasas saturadas y colesterol, aumento de actividad
física y control de peso.
En la tabla
23 se reflejan los niveles de triglicéridos, LDL- Colesterol
y no HDL-Colesterol a lograr en la ERC y la pauta terapéutica para
conseguirlos. El algoritmo de tratamiento de la hiperlipidemia se muestra
en la figura
8.
Respecto al tratamiento de la hipertrigliceridemia, para valores en el
límite alto (150 a 199 mg/dL) es fundamental el cambio del estilo
de vida y es objetivo primario el logro del objetivo del LD-colesterol
óptimo. En el caso de niveles altos (de 200 a 499 mg/dL), el objetivo
primario sigue si9endo el lograr los niveles óptimos de LDL-Colesterol,
introduciéndose el objetivo secundario el de los niveles de Colesterol
no HDL ya comentados. Sólo en el caso de niveles muy altos se indica
como objetivo primario el disminuir estos niveles con dieta muy pobre
en grasas, aceite de pescado y el tratamiento farmacológico indicado
en la tabla
23 y en la figura
8.
La tabla 24 indica la dosis recomendada de estatinas y la tabla
25 la de los fibratos en presencia de diferentes estadios de IRC.
El ácido nicotínico se debe reducir al 50% con aclaramiento
de creatinina de menos de 15 mL/min. Los secuestradores de ácidos
biliares no precisan ajuste de dosis. El uso de ciclosporina eleva el
área bajo la curva de tiempo-concentración de las diferentes
estatinas, desde 2 veces la fluvastatina y lovastatina hasta 8 veces la
simvastatina o atorvastatina. En relación al uso concomitante de
otras medicaciones siempre se ha de tener en cuenta su interacción
con las estatinas, teniendo en mente que los fibratos y ácido nicotínico,
los macrólidos y antifungicos, los calcioantagonistas del tipo
de las fenialquilaminas y benzotiazepinas, los inhibidores de la recaptación
de serotonina y la warfarina incrementan sus niveles.
CONSENSO 9
I. Para pacientes con ERC el objetivo
terapéutico se coloca en el más alto riesgo, es decir, el
de sujetos con enfermedad coronaria o riesgo equivalente (A).
II. Todo sujeto con ERC debe tener una evaluación de su metabolismo
lipídico, tras ayuno desde la noche anterior y debe incluir los
niveles plasmáticos de Colesterol, Triglicéridos y HDL-colesterol,
calculando el LDL-Colesterol según la fórmula de Friedewald.
La determinación se repetirá siempre que cambie la situación
clínica y/o el tratamiento (B).
III. Una valoración indirecta de las VLDL+LDL-Colesterol la da
el Colesterol no HDL, resultado de la resta del Colesterol total menos
el HDL-Colesterol. Su cálculo es útil en presencia de niveles
de triglicéridos > 200 mg/dL. El objetivo terapéutico
sería el de <130 mg/dL. Es conveniente, donde sea posible, obtener
los niveles de Apolipoproteína B, dado que es la más aterogénica
(C).
IV. Todos los tratamientos deben de empezar con un cambio en el estilo
de vida y luego plantearse el tratamiento farmacológico.
V. Para la hipertrigliceridemia de 150 a 199 mg/dL se debe considerar
como objetivo primario los niveles de LDL-colesterol óptimo. En
el caso de valores de 200 a 499 mg/dL, el objetivo primario son los niveles
óptimos de LDL-Colesterol, introduciéndose como objetivo
secundario los niveles de Colesterol no HDL de < 130 mg/dL, usando
estatina y asociando si es preciso fibrato o niacina (B). En el caso de
niveles > 500 mg/dL, se indica como objetivo primario el disminuir
estos niveles con dieta muy pobre en grasas, aceite de pescado y si es
preciso fibrato o niacina.
VI. Para el LDL-Colesterol, el objetivo es de <100 mg/dL, usando para
ello estatinas y si es preciso, asociando un secuestrador biliar o niacina.
VII. Deben tenerse en cuenta las causas secundarias de hiperlipidemia
en la ERC y corregirlas si es posible. Asimismo, deben ajustarse las dosis
de los distintos hipolipemiantes al grado de IRC y tener en cuenta las
interacciones medicamentosas. Respecto a los fibratos, su uso en la ERC
estadío 5 es contovertido (C).
CONSIDERACIONES FINALES:
El grupo de Nefrólogos, coordinados por el Dr. JM Mauri y bajo
el auspicio de la SEDYT y la FED, pretendemos que estos Consensos sean
útiles a la hora de tomar decisiones ante el paciente con el complejo
síndrome de insuficiencia renal, que mal llamamos preterminal,
y que debemos valora bajo el nuevo prisma de ERC precoz, siendo el sentir
general el que no se tratan todos los factores de riesgo cardiovascular
y aquellos que se tratan no se logran, en un gran porcentaje, los objetivos
considerados adecuados o idóneos.
Esperamos que estos Consensos sirvan de estímulo para el tratamiento
exhaustivo de la HTA, cardiopatía e hiperlipidemia en la ERC precoz,
en los términos en que se sugieren aquí.
La complejidad de la revisión y la falta de estudios que deriven
a elevados niveles de evidencia en muchos de los temas tratados, por un
lado, obligan a la revisión y actualización sistemáticas
de estos Consensos y por otro lado estimulan para llevar a cabo estudios
multicéntricos aleatorizados y controlados, que arrojen luz a las
cuestiones que quedan sin clara respuesta.
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